
Fotografía y Texto: Juan Camilo Sánchez Gutiérrez / Benjamín Franco Vargas
Siguiendo con nuestra historia y con los mismos protagonistas, ahora hablaremos de Bélgica, el país de la cerveza, y Holanda, el país de los tulipanes. En Bélgica nos limitamos a conocer Brujas y Bruselas, no por falta de tiempo ni por imposibilidad de transporte (íbamos en carro), sino porque además de estas dos ciudades poco hay para conocer, salvo que te toque hacer el capítulo de este particular país en el Atlas de cualquier periódico de turno. Brujas y Bruselas no pueden ser más dispares entre sí; mientras la primera es hermosa en cada calle, silenciosa en cada rincón y habitada por serenos belgas, la segunda vive al ritmo de una gran capital europea, con transeúntes de todos los colores, razas y olores y con un telón de fondo mucho más realista.
También aquí aprovechamos para despertar nuevamente a uno de los protagonistas, y no me refiero a Benja, sino a uno de sus pulmones, pues alquilamos unas bicis para todo el día y fuimos a Damme, que queda a 6 kilómetros de distancia por caminos rodeados de pinos enormes, en un escenario auténticamente maravilloso. Obviamente después de tan extenuante paseo, y consciente de que mi buen amigo no había viajado miles de kilómetros para hacer deporte, acudimos al bar más antiguo de la ciudad, abierto desde 1515, prácticamente lo que nuestra sociedad lleva de conquistada, de religiosa y de pobre.
La ciudad, de ensueño, con un estilillo medieval, está rodeada por un anillo deportivo lleno de vegetación, con una cicliovía que utilizan los deportistas a alta velocidad, los residentes a media velocidad y los turistas como nosotros que, desafiando la gravedad de lo despacio que vamos, no hacemos sino estorbar a los fortachones belgas. Ya entiendo el porqué a Lupe (alcalde de ingrata recordación en Medellín) le dio por copiar la idea, aunque dicen por ahí que mal ejecutada. En su interior (y me refiero al de Brujas y no al de Lupe), hermosos canales se convierten en solitarias rutas de barquitos turísticos.
Bruselas, famosa por el Manneken Pis, un culicagado de bronce que orina todo el día, contrasta con el bullicioso centro de la ciudad con la paz y la serenidad que disfrutan los trabajadores de la Ciudad de las Instituciones Europeas, lugar de parques y lagos donde laburan 30.000 personas, sin contar a los políticos de turno que vienen a practicar una de las más innobles y antiguas profesiones, y no me refiero a la prostitución sino a la burocracia, si bien son similares en algunos detalles.
Aunque es exagerado comparar el Átomo con la Torreo Eiffel, como lo hacen los belgas, sin duda es recomendable la visita a esta estructura de 9 bolas gigantes, de más de 100 metros de altura y que sobrepasa las 2.500 toneladas de peso, construida en el 58 para una feria internacional, que se quedó ahí, quién sabe si por bonita o porque era un lío desmontarla.
Cambiando de país, llegamos a Netherlands, para visitar La Haya, primero, y Ámsterdam, después.
De la Haya podríamos explayarnos hojas y hojas, pero no puedo dejar pasar la ocasión para recordarles que los mapas de las ciudades normalmente son a escalas macros, mísero detalle se le olvidó a mi buen amigo, que quiso tomar las riendas del paseo y estuvimos en un puerto gigantesco y desapacible caminando más de 4 horas sin poder salir… Sin importar este mal trago, seguimos deambulando por esta preciosa ciudad llena de barrios tranquilos donde ni siquiera amarran las bicis por las noches.
Ámsterdam, la ciudad sinónimo del desenfreno, no sólo tiene esa faceta; también es amena, hermosa e interesante. No obstante, quizá la característica más impactante de Ámsterdam es la libertad, que para nuestros godos y retrógrados pensadores supone más una degeneración. En esta ciudad la prostitución y las drogas están legalizadas, lo cual no implica que haya drogadictos y putas en cada esquina. Todo lo contrario. Al estar permitido dentro de unos parámetros muy estrictos, las piscas (y me refiero a las mujeres de vida alegre, y no a las hembras del pavo) trabajaban en locales definidos en un barrio particular (Red District), pagando un alquiler de 100 euros al día y cobrando como mínimo 30 euros por una repasadita rápida y 60 euros por el combo completo, estando prohibido ofrecerse en la calle. Resulta asombroso que sólo haya un 1% de putas ilegales, de las más de 3.000 censadas en la ciudad (no quiero ni pensar quién está a cargo del censo, pero bueno…). Sucede lo mismo con los amantes de las hierbas (los motosos, para que me entienda algún salvadoriano perdido que se encuentre esta revista), que pueden disfrutar de su paz interior en los famosos coffee shops. Ello supone más orden, menos putas y menos drogas en la calle generando además, impuestos. Todo lo contrario a lo que sucede en nuestros países, donde todo es dinero negro y desorden absoluto.
Cambiando de tema, y poniéndole una pizca de cultura a este viaje, vale la pena ir al museo de Van Gogh, repleto de excelentes pinturas y de anécdotas de su corta y traumática vida, que sólo duró 10 años como artista, antes de tener un final traumático, entre hospitales mentales y pobreza absoluta, hasta suicidarse con un tiro en el pecho que lo mató dos días después.
Otra de las buenas experiencias que se pueden vivir en Ámsterdam es la visita al museo de Heineken, quizá la cerveza más famosa del mundo. Además de disfrutar de un recorrido por todo el proceso de elaboración de esta deliciosa birra, se puede degustar hasta tres muestras del producto en bares internos que no tienen nada que envidiarle a un buen pub inglés.
Fotografía y Texto: Juan Camilo Sánchez Gutiérrez / Benjamín Franco Vargas
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